Sin duda, el lenguaje es la piedra angular sobre la que descansa la evolución de la especie humana; el rasgo diferenciador que propició el establecimiento de sociedades, primero sin rumbo fijo, y posteriormente en comunidades y ciudades que se extendieron a lo largo y ancho del planeta.

La lengua ha sido instrumento de dominio, pero también de civilización; vehículo que permite a poblaciones cada vez mayores compartir sus rasgos característicos, sus expresiones artísticas y, en suma, su cultura.
Hay quienes, por necesidad o por el mero ánimo de ampliar el conocimiento, adquieren una segunda (tercera o cuarta) lengua. Sin embargo, ello ha corrido parejas con el desdén de algunos hacia las lenguas propias de cada comunidad en aras de la uniformidad y la supuesta facilidad para comunicarse.

Los idiomas y sus variantes ofrecen una riquísima diversidad de pronunciaciones y entonaciones que, aun cuando no se emplean para cantar, pueblan de hermosas melodías el mundo. Por supuesto, lo mejor es entender lo que se dice en idiomas distintos del nuestro. Pero incluso cuando no las conozcamos, resulta por demás agradable la interacción con la diversidad.

Una de las paradojas que se vive en México es que no entendemos —siquiera mínimamente al menos— la que, a juicio de algunos estudiosos, fue la lingua franca durante muchos siglos en lo que hoy es América —el náhuatl— y que la ignorancia investida de discriminación haya llevado a los hablantes de este rico idioma a avergonzarse de ello y a no transmitir su enseñanza a las siguientes generaciones, cuando debería recibir, cuando menos, la misma importancia que lenguas de referencia, como el griego y el latín.

Hay en México regiones, pueblos y personas orgullosas de su lengua y de las expresiones culturales tejidas alrededor de ésta a lo largo de los siglos. Desgraciadamente, las migraciones y la falta de aprecio hacia los valores de las culturas originarias han contribuido a la desaparición de muchos idiomas y sus variantes lingüísticas. Sin embargo, estamos a tiempo de salvaguardar las que nos quedan y sentar las bases para que se fortalezcan y perduren, a través de su enseñanza y de la recolección de los saberes expresados a través de ellas.

Para lograrlo, la intervención de instancias como el Instituto Nacional de las Lenguas Indígenas será fundamental. Con el propósito de adentrarnos en la trascendencia de las lenguas y del quehacer de esta institución, en este número de Diversidad Cultural ofrecemos a nuestros lectores un panorama de sus atribuciones y alcances.

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